
Es fría la mañana. Las hojas crujen bajo mis pies con monótona cadencia. Tibios rayos de sol atemperan el ambiente que respiro y las tranquilas aguas del lago reflejan una serenidad sólo alterada por el parpar de los patos. El olor de las hojas secas transmite la fragancia del otoño, y un pálido cielo azul, rasgado por blancas pinceladas, deja pasar lo tímidos rayos de un sol temeroso de traspasar el umbral de la fría mañana. Es el último día del mes de noviembre, y la hoja del calendario cae en suave balanceo, con melancólica armonía, al compás de las hojas que se desprenden de los chopos del camino.

